El salvaje digital

Autor: Marcos De Colsa

El advenimiento de las tecnologías digitales en la vida cotidiana de las personas, en prácticamente todos los rincones del planeta, ha creado nuevos retos para una disciplina que empezó mirando hacia lo “exótico” o “primitivo” como su objeto de estudio por excelencia durante todo el siglo XX y todavía en lo que va del siglo XXI, principalmente porque estas tecnologías le han dado un nuevo rostro a las sociedades y culturas en todo el mundo, pero la transformación ha sido en un  principio endogámica, es decir, en la misma cultura que las vio nacer, Occidente, cuyo nuevo rostro digital se ha convertido, por decirlo figurativamente, en el nuevo paisaje exótico.

En ciertos momentos la imagen de quiénes somos ha entrado en crisis por un evento que cambia el paradigma de nuestra existencia y redefine nuestros valores, el advenimiento de la cultura digital nos proyecta ante un período arquetípico de re-estructuración y cambio, sin embargo, todavía no sabemos su impacto real.

La fascinación por los mundos digitales reflejan el espíritu que seguramente vivieron los primeros exploradores que descubrieron nuevas tierras, ¿cómo se relacionan las personas en las redes sociales? ¿Cómo viven su identidad mediante diferentes avatares? ¿Qué buscan en el ciberespacio? ¿Qué tipo de información les interés? ¿Por qué invierten tanto tiempo conectados a la red?

A lo largo de la historia, la humanidad ha descubierto que existen diferentes humanidades, que la otredad es parte de la experiencia cultural, de hecho es parte de la genética de nuestra disciplina. El origen en torno al reconocimiento de humanidades diferentes, se puede remontar hasta a antigua Grecia con los historiadores Jenófanes de Colofón y Herodoto, sin embargo, el primer gran paradigma antropológico moderno fue el evolucionismo del siglo XIX, al poner en duda la versión cristina de la historia a partir de la evidencia geológica, se empezó a establecer que la tierra tenía una antigüedad mayor a la visión bíblica.

E.B. Tylor, con frecuencia llamado el “padre de la antropología siguió el paradigma evolucionista, aseguraba que todos los pueblos eran capaces de progresar mediante líneas de desarrollo que los diferentes grupos humanos debían recorrer en secuencias similares, su esquema de evolución del progreso consistía en tres etapas: salvajismo, barbarie y civilización, el cual se acercaba más al transformacionismo de Lamarck que a la selección natural de Darwin. Metodológicamente hablando, Tylor junto con los otros evolucionistas culturales del siglo XIX entendían que para llegar a comprender las culturas, era necesario explicar sus diferencias y similitudes.

De acuerdo con el antropólogo Roger Bartra (2012), el hombre “civilizado” no ha dado un solo paso sin ir acompañado de su sombra, el salvaje, quien subraya que se  ha creído que la imaginería del Otro como ser salvaje y bárbaro—contrapuesto al hombre occidental—ha sido un reflejo—más o menos distorsionado—de las poblaciones no occidentales, sin embargo, sostiene que la cultura europea generó una idea del hombre salvaje mucho antes de la gran expansión colonial, idea modelada en forma independiente del contacto con grupos humanos extraños de otros continentes.

Bartra sostiene que los hombres salvajes son una invención europea que obedece esencialmente a la naturaleza interna de la cultura occidental, es decir, el salvaje es un hombre europeo, y la noción de salvajismo fue aplicada a pueblos no europeos como una transposición de un mito perfectamente estructurado cuya naturaleza sólo se puede entender como parte de la evolución de la cultura occidental.

El mito del hombre salvaje conduce a una dicotomía ampliamente conocida en antropología, la relación (o separación) entre cultura y naturaleza, y en efecto, la cultura digital contenía una promesa de regresar al hombre a una “segunda naturaleza”. La diferencia del hombre salvaje y el hombre civilizado son las normas y la estructura social, y evidentemente, en un principio el surgimiento de internet, los mundos digitales y la realidad virtual prometían el regreso al edén mediante avatares, construcción de diferentes identidades y la ilusión de presentar la persona de una forma ideal, es decir, la promesa de la libertad negada por la realidad “no virtual”.

Europa fue el epicentro cultural y económico del imaginario colectivo hasta principios del S.XX, sin embargo, después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos reclamó ese título y construyó sobre la base ya establecida una resignificación de la otredad, de las fronteras simbólicas y del salvaje como contraparte necesario del mundo occidental civilizado.

En las décadas de 1960 y 1970 los movimientos artísticos y arquitectónicos de entonces, rechazaron la monotonía estética del imaginario modernista de los 40´s y 50´s que implícitamente sentenciaba verdades absolutas o meta-relatos en un sentido figurado. La nueva vitalidad urbana se construía en torno a la producción de imágenes y signos, frente a la vieja noción de objetos y mercancías, y ponía en primer plano el rol de las marcas como lugar de distinción social. Se imponía la velocidad, los cambios y la indeterminación, pero tal vez el fenómeno sociológico más importante fue el surgimiento del individualismo como reflejo de la fragmentación del viejo orden cultural.

De acuerdo con David Harvey el fordismo representó toda una forma de vida sobre la cual se construyó el “modernismo” de los 40´s y 50´s, el cual sería desplazado por una nueva forma de producir y consumir a lo que llama acumulación flexible “el fordismo también se construyó sobre la estética del modernismo y contribuyó a ella, de manera explícita…todo esto se consolidó bajo la hegemonía del poder económico y financiero de Estados Unidos, con el respaldo del poder militar” (Harvey, 1998: 160). La transición del fordismo hacia la acumulación flexible implicó un desplazamiento general de las normas y los valores colectivos –antes hegemónicos- hacia un individualismo competitivo entendido como valor central y condición necesaria de esa transición.

En la transición hacia la acumulación flexible, se produjo una compresión espacio-temporal que alteró las prácticas político-económicas y la vida socio-cultural. A través de nuevas formas de organización y tecnologías productivas, que en su aplicación procuran evitar la rigidez del fordismo y acelerar el tiempo de rotación del capital. Asimismo, la aceleración del tiempo de rotación en la producción supone aceleraciones paralelas en el intercambio y el consumo. El conjunto de condiciones derivadas principalmente del mejoramiento de los sistemas de comunicación y de información, así como de la racionalización de las técnicas de distribución, resultaron en una aceleración en la circulación de mercancías y de información a través del sistema de mercado.

El contexto que propició la contracción del espacio y la aceleración del tiempo en las industrias, en la tecnología, economía y en todos los ámbitos de la vida social para la década de 1980 fue el caldo de cultivo para el nacimiento del internet y los mundos digitales como la reestructuración y reconfiguración de una cultura desgastada por el consumismo, lo desechable y lo efímero,

La aceleración del tiempo como condición de la posmodernidad, se dio paralelamente en las principales metrópolis del mundo, junto al proceso de integración global. En consecuencia, las distancias tanto reales como simbólicas se achicaron de tal forma que ahora podemos tener comunicación simultánea a diferentes partes del mundo y llevar al mismo tiempo operaciones comerciales o cualquier otro tipo de intercambio informacional. Al mismo tiempo, el concepto de frontera sobre el cual se estructuró parte de la modernidad del S. XX se ha reconfigurado. Los Estados-Nación han perdido fuerza como referentes geográficos para la construcción de identidades, las modas culturales y las marcas heredaron el mundo simbólico de las representaciones identitarias.

El salvaje digital era la figura necesaria para reinventar el imaginario civilizatorio, el mundo digital como nueva frontera donde las personas y las comunidades se reinventan, ahora en el léxico común en “comunidades digitales” son tan enigmáticas como algún día lo fueron esos salvajes que vivían al margen del mundo civilizado y que fueron tomando diferentes rostros y significados con forme la misma cultura occidental se fue reinventando como motor económico y cultural de las representaciones imaginarias dominantes.

Los antropólogos y evolucionistas del S.XIX veían en el salvajismo una etapa de la humanidad por la cual las diferentes culturas tanto pasadas como contemporáneas debían pasar como prerrequisito de transformación hacia la civilización, como consecuencia y herencia de esa cosmovisión, las culturas no industrializadas y no agrícolas, que dependen de la recolección y la caza serían perpetuadas en el imaginario simbólico como salvajes, cuando en realidad, como dice Roger Bartra realmente era el mismo salvaje en el espejo quien trataba de descifrar su condición cultural.

El salvaje digital es una figura hiper-conectada, hiper-informada con diferentes personalidades, siempre se encuentra en movimiento, es decir, es un ser extraño difícil de encontrar y descifrar, y al igual que los salvajes que han surgido a través de la historia este salvaje es una proyección de las mismas debilidades y contradicciones de la cultura que la produce.

Referencias

Bartra, R. (2012). El mito del salvaje (Tezontle) [Kindle iOS version].

Harvey, D. (1998). La condición de la posmodernidad. Buenos Aires: Amorrortu editores.

 

 

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s